14/9/09

Desmontando a ‘El último superviviente’

¿Quién no se ha llevado las manos a la boca estos meses de verano viendo como Bear Grylls se comía un gusano, cazaba una serpiente, cruzaba un río helado o hidrataba su cuerpo con el agua que salía de una boñiga de un elefante? Ahora los cazadores de mitos buscan desmontar las grandes hazañas de supervivencia del ex militar británico.

Me enfadan los cazadores de mitos. Pensaba que la mayoría de los espectadores sabían que cuando hablamos de la televisión todo es mentira, me refiero a que todo está trucado como en el cine. Pero cuando nos sentamos en la butaca no pensamos demasiado en si estamos viendo una película rodada en verano que transcurre en invierno o si además del director había 20 personas más alrededor de dos que hacen el amor.
Parece obvio que los reporteros de Callejeros, Mi cámara y yo o Españoles por el mundo no van solos; no es un individuo con una cámara a cuestas que saluda a la gente con la mano izquierda y ya está. No, todo el mundo sabe que van acompañados, que el equipo lo componen el redactor que pone la voz, el cámara que pone la imagen y el de sonido que coloca los micros a los invitados.

Los que se ponen delante de una cámara se exponen a sufrir la crítica, y en los casos de programas de aventura como El último superviviente emitido por Cuatro y Discovery Channel aún más, porque su principal finalidad no es educar sino entretener y es ahí donde se comete el error de la crítica.
Reconozco que soy fan del protagonista pero también del “cámara” que le acompaña y que se mete en los mismos charcos que él. Por la red circulan dos videos (para los interesados, en Youtube están): el primero muestra como Bear intenta cruzar una grieta en el suelo que divide la tierra en dos a través de un puente natural de piedra, los desmontadores demuestran que la grieta se cierra pocos metros más allá de donde cruza y que además hay una carretera muy cerca. El segundo de los videos demuestra que el aventurero no va solo y que al menos le acompañan seis personas (sólo por especular me imagino que serán dos cámaras, dos de sonido y dos de producción).

El problema es que desmontar a Bear es fácil porque sólo en unos pocos capítulos se ha ido a lugares remotos. La genialidad reside en que se adentra en lugares comunes como los glaciares chilenos, los bosques de Alaska, el desierto del Sahara o del Colorado. Este hecho hace factible que algún lugareño se aproxime hasta la zona y descubra que parte de la aventura es mentira, que está trucado. Pero yo sigo defendiendo al personaje, porque no sé si cuando llega la noche en las zonas bajo cero le montan una tienda de campaña, pero lo de cruzar un río, meterse en arenas movedizas, hacer un agujero en el hielo para demostrar como salir del agua helada o cazar y comer todo tipo de bichos “viscosos pero sabrosos”, tal y como los califican en la película El rey león, eso no se lo quita nadie.
Esto es un alegato en favor de los programas de entretenimiento que mezclan viajes y aventura, un formato diferente y comercial que cuando estás en casa los fines de semana a medio día te gusta ver, porque mientras el espectador está en casa tomando el aperitivo, él se está comiendo una serpiente gigante y algo viscoso le empieza a salir de la boca. Admiro a este tipo de personajes capaces de vivir una aventura en lugares conocidos aunque crueles, a un tipo que es capaz de saltar desde un avión y vivir una aventura en la que tan pronto debe escalar una montaña como hacer una fuego o construir una lancha.

Es cierto que programas como Al filo de lo imposible tienen más de aventura, realismo e interés divulgativo, son situaciones extremas narradas por un equipo de profesionales capaces de llevar al espectador hasta lo más alto de una montaña. Sin embargo apuesto a que la mayoría de los españoles han visto más programas de El último superviviente que de la producción de TVE.
Es la magia de la televisión: un programa diferente, en horario comercial, con un tipo simpático y británico pasando calamidades por esos mundos mientras el espectador está sentado en el cómodo sofá de casa. No hay quién se resista.

3/9/09

Ya no me dan bolsa en el Súper

Como si de una cosa de vida o muerte se tratase, me he despertado esta semana con la noticia de que cuando vaya a hacer la compra ya no me van a dar bolsa en el súper, así sin periodo de transición ni nada. Al parecer es una medida que se debería haber tomado hace tiempo, por la cantidad de bolsas que se utilizan y además porque tardan años en desaparecer de la faz de la tierra. Pero donde yo quiero llegar es a saber si me van a rebajar el precio de la compra por el shock sufrido y el cambio de vida que nos espera.

Es curioso como una de las cadenas más criticadas por los ciudadanos por aplicar esta medida desde hace años, se ha convertido en la verdadera pionera de la desaparición de las bolsas de plástico. Hablo, por su puesto, de los supermercados Día que desde el primer momento cobraban las bolsas de los clientes a pocas pesetas y después a no más de cinco céntimos de euro. Lo cierto es que sus bolsas siempre han sido más grandes y resistentes que las de sus competidores, pero en general sus establecimientos, el personal y los productos propios suelen estar por debajo de las expectativas del cliente (por lo menos en mi caso) y eso hacía que medidas como esa sacasen de quicio a más de uno y lo tachasen de medida “usurera” (¡Por qué me tienen que cobrar la bolsa si ya les estoy pagando la compra!). Al final la medida funcionó y todo el que iba a estos supermercados se encargaba de llevar un par de bolsas en los bolsillos, el carro de la abuela o la cestita de Caperucita; y todo por la honrilla de no pagar ni un céntimo por empaquetar su compra.

Ahora el resto de cadenas se suman a la iniciativa. Desde hace unos meses establecimientos como Alcampo o Carrefour pusieron a disposición de los consumidores ‘Cajas ecológicas’ cuyo funcionamiento es el de siempre con la salvedad de que al final de la cinta no hay bolsas y sólo al principio tienes la oportunidad de comprar una bolsa biodegradable y reutilizable para la próxima vez. En muchos casos se acabó la bolsa para siempre y con ella la compra inesperada de última hora, “porque me viene bien” o porque así “mientras espero hago algo de provecho”. A partir de ahora abastecer las neveras de los hogares de España tiene que ser un acto premeditado en el que el cliente lleve sus bolsas de casa o acuda con el carro. Si no lo hace así se verá obligado a empaquetar todo en una sola bolsa (para no pagar más) e ir deslomado hasta casa con los 6 litros de leche, la bolsa de patatas, un pack de cervezas, otro de refrescos y el tambor del detergente. ¡Qué cómodo y qué ecológico!

Que conste que no me niego a favorecer al medio ambiente, pero lo que nadie se ha parado a pensar es en las verdaderas ventajas para el consumidor. Porque de momento a mí lo único que me han prometido es un trocito de cielo por salvar la Tierra, pero ¿y el bolsillo? Por lo que entiendo, los únicos que salen ganando con el cambio son los dueños de los súper; a partir de ahora la ley les ampara para que dejen de dar bolsas a los consumidores, sin embargo nadie ha hablado de la rebaja en los costes que estas empresas van a tener. De entrada se acabó su relación con una mayorista de bolsas que ganaba dinero a espuertas (eso me suena a engrosar la lista del paro), al mismo tiempo se ahorran los costes de impresión de las bolsas (eso me suena a lista del paro) y al final a mí los yogures me cuestan lo mismo y el deslome también.

Todo son buenas palabras hacia el medio ambiente pero nadie termina de resolver si con el ahorro en los costes va a ser posible hacer la compra más barata o si se bonificará al cliente de alguna manera. Los únicos que de momento premian a los compradores son la cadena Eroski, que para no perder clientes o para que el cabreo sea menor, van a hacer una estimación de las bolsas que el cliente necesita para guardar toda su compra, si lo hace en menos (una mezcla entre el programa ¡Qué apostamos! Y el Record Guiness) se le descuenta el precio de su compra.

Por otro lado los que salen ganado son los fabricantes de carros, por los que muchos ya no dábamos un duro y ahora resulta que hay que volver a la época de los cardados y la compra en el mercado de barrio para estar a la moda. Pronostico que en unos meses y de cara a las fiestas navideñas grandes firmas de moda se apuntarán al reto de diseñar carros ‘fashion’ que distingan entre las clases como los bolsos o los zapatos, y no sé por qué me da en la nariz que la primera será Agatha Ruiz de la Prada con sus flores, sus colores y sus corazones.

No quiero dejar pasar la ocasión, sin hacer un alegato acerca de las bolsas de la compra (que tienden a desaparecer). Eso que dicen que nadie la reutiliza yo lo encuentro falaz; de toda la vida las bolsas de la compra se han utilizado para después sacar la basura, porque creo que no puedes bajar a la calle con tu cubo y vaciarlo sin más en el de la comunidad. Además en mi caso hay otra situación que avala la teoría de las bolsas para la basura y es el hecho de vivir en un piso pequeño en el que sólo puedo tener un cubo y en él realizar el reciclaje preciso porque si no a lo mejor me multan. Así que en un cubo pongo dos bolsas de súper, cada una en un lado y colaboro con el medio. Pero si ahora me las quitan tendré que comprar las bolsas de basura que miden dos por dos y que no sé para qué cubos están diseñadas pero desde luego no para un pisito de pareja joven.

Señoras, señores, guarden sus bolsas porque dentro de unos años serán una pieza de museo como en su día lo fueron los carros de la compra y las cestas de mimbre.