Grease fue y sigue siendo un mito. Una película por la que no pasan los años y que sigue siendo tan divertida como lo fue en los 70. Los jóvenes de ahora pueden acercarse a ella y seguir sintiéndose identificados con alguno de los personajes que en ella se muestran: desde el empollón hasta el atleta pasando por las niñas tímidas y las más osadas. En la película se muestran todos los roles de una sociedad, que aunque más precoz, no ha cambiado tanto.La película se ha hecho musical y está en Madrid. Es curioso como a pesar de la crisis, el teatro en la noche de ayer tenía el patio de butacas casi lleno y la platea y el anfiteatro también. Si nos centramos en la crítica más pura debemos decir que la música en algunos momentos está demasiado alta y hace difícil la comprensión de la letra de las canciones, los personajes en su mayoría están muy exagerados y son histriónicos aunque se mantienen más o menos fieles al film; los directores se han permitido algunas licencias de guión suprimiendo escenas como la carrera de coches, añadiendo otras como una escena en las duchas y alterando el orden de algunas canciones. Sin embargo, todas las licencias se consienten porque el espectador es consciente de que tiene que ver algo diferente. Lo que menos me gustó el papel soso y descafeinado de Sandy que hace Edurne y lo exagerado y sobreactuado de Carlos Solano interpretando a Danny Zucko; así como las traducciones de las canciones (cuando has oído algo en versión original, es difícil aceptar determinadas cosas). Lo que es digno de mención: el papel de los secundarios siempre tan necesarios que levantan la obra con buenas interpretaciones pero sobretodo con buenas voces; es el caso de Gustavo Rodríguez como Duddy que interpreta un tema nuevo en las duchas de instituto, Elena Gadel como Rizzo en otra de las licencias del guión, pero especialmente hay que destacar la interpretación y la voz de Víctor Díaz como Vince Fontaine que consigue poner al auditorio en pie. Y como siempre, en todos los musicales, destacar el final de la obra donde se hace un breve repaso de fragmentos de las canciones más significativas de la obra, con el público puesto en pie bailando y los actores interactuando con el respetable.
Enlazando con el principio, una anécdota: en uno de los palcos había un grupo de seis niños entre 11 y 13 años solos que además de comentar las virtudes de la guapa Edurne no pararon de bailar y reir, aplaudir y silbar tras cada actuación y animando al resto de palcos que les miraban sorprendidos. Parece que el mito del amor y los chicos y chicas duros con corazón sigue vive y no parece tener fecha de caducidad.
Resumiendo: un musical divertido, con canciones muy conocidas y apto para toda la familia.
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