El término JASP se acuñó en 1995 a través de la marca de coches Renault con el fin de promocionar el nuevo modelo de Clio. Bajo este acrónimo se hacía referencia a los Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados (JASP - ver anuncio) que estaban saliendo a la sociedad. Esto significaba que personas de corta edad contaban con un preparación académica y no académica superior a las generaciones previas.
Eran los jóvenes que habían llegado a la universidad, hablaban varios idiomas y además tenían una larga lista de cursos o estaban especializados por medio de posgrados. Es decir, su currículum ya acumulaba varias páginas pero necesitaban una oportunidad laboral que nadie les podía negar porque estaban más preparados que la gente que ocupaba los mismos puestos. No era un alegato al "quítate tú que me pongo yo" sino un alegato a que la juventud no era sinónimo de incompetencia o inexperiencia sino todo lo contrario.
Con este mantra crecimos, nos formamos y nos involucramos en múltiples actividades que nos mantenían ocupadas y ocupados de lunes a domingo sin renunciar a la juventud, a las salidas de fin de semana y a las actividades de ocio en general. Pero pasaron los años, pasaron los tiempos de bonanza y aún así seguimos adelante. Seguimos nuestra formación, aumentamos nuestras capacidades, buscamos empleos que nos dieran cierta experiencia, aceptamos becas y prácticas remuneradas (o no) dentro de nuestro ámbito formativo sin tener alta en la seguridad social y aceptamos otros empleos más precarios para no parar, pero los años pasaron. Y llegó la crisis, la destrucción de empleo, el aumento de las tasas de paro, la migración como única opción y nunca dejamos de ser JASP.
La diferencia entre los JASP de los años noventa y los JASP de ahora son las oportunidades casi inexistentes y la frustración que eso genra. Las ofertas de empleo siguen exigiendo ser JASP pero cada vez con más requisitos. Dicen que "mal de muchos consuelo de tontos" pero es una parte de lo que nos queda. Sentarnos alrededor de un café y volcar nuestras frustraciones y tristezas en grupo. No sentirnos únicos en esta mala situación, sino sentirnos acompañadas y acompañados en este camino por el desierto que se hace largo.
No faltan las ideas, las ilusiones, las ganas de hacer cosas, pero sí nos faltan las oportunidades. Seguimos siendo emprendedores y emprendedoras con ganas de hacer cosas pero nunca es suficiente y además no hay dinero para hacerlo. Esto lleva a la pregunta de ¿hasta cuándo? Y el problema es que no hay respuesta porque no se ve el final. Porque nadie sabe decirnos cuándo volveremos a ser JASP valorados, porque los años pasan y dejamos de ser jóvenes, porque queremos ser independientes y seguimos dependiendo de nuestros padres y madres sin opciones de tener un futuro propio.
El futuro prometedor que nos mostraba el anuncio ha desaparecido, se ha esfumado delante de nuestras narices y con el beneplácito de políticos, sindicatos y empresarios. Cunde la sensación de desamparo aunque no de soledad porque muchas personas se encuentran en la misma situación. Somos la generación JASP perdida, aquella que no verán cumplidas sus expectativas y proyectos de vida porque nunca es suficiente aunque no dejemos de intentarlo.
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