Como decía Javier Marías en su artículo para El País Semanal (nº1932) "para cuando nuestros textos vean la luz, habrán ustedes leído docenas de artículos al respecto y se habrá dicho cuanto cabía decir sobre ellos." Sin embargo, no puedo dejar pasar la oportunidad, y si los políticos de turno y relevantes llegaron pasados los días yo también me puedo demorar en la redacción.
Estoy asustada y escandalizada por el naufragio en aguas próximas a la isla de Lampedusa. Escandalizada por las leyes de inmigración que penalizan a aquellos que valorando la vida de seres humanos pasan de largo por la posibilidad de ser sancionados. Asustada por el número de féretros expuestos y por aquellos que siguen en las profundidades del mar. Escandalizada por los políticos que llevan tarde, mal y salen huyendo sin pasar por el centro que acoge a los que siguen vivos. Asustada con lo que les espera a los que llegaron a tierra y se hacinan en condiciones demoledoras e infrahumanas en los llamados albergues o centros de acogida. Escandalizada por las cifras que se manejan a largo plazo y dejan de lado un miles de euros que serviría para dotar de tiendas de campaña, mantas y comida a aquellos que salieron del mal. Asustada con la criminalización de un patrón de barco, comerciante de seres humanos que se convierte en el foco de las miradas desviando la atención de otros.
Pero ante tanto escándalo y susto todavía me quedan argumentos para confiar en la raza humana (por mucho que suene a frase de película de ciencia ficción). Porque todavía quedan personas que no mirar hacia otro lado, patrones de barco que prefieren pagar cuantiosas sanciones al gobierno antes que dejar a la deriva la desgracia. Porque todavía hay gente que sale a la calle e insulta a los políticos que vienen en carabana de coches oficiales y dejan flores en los ataudes mientras rezan una (corta) oración y salen pitando, de la misma manera que les silban a ellos. Porque hay organizaciones (compuestas por seres humanos) que siguen defendiendo que las personas tienen derecho a una vida mejor y no se les puede criminalizar cuando son las primeras víctimas.
Y a cuento de la criminalización, aprovecho para mostrarme irritada con las nuevas medidas que algunos ayuntamientos con el de Benidorm, y quizás el de Madrid en los próximos meses, ponen en marcha contra la mendicidad. Sanciones económicas para las personas que están en las calles esperando unas monedas del resto de viandantes que pasan por su lado y que muy pocas veces se paran a leer los carteles escritos en cartones y con faltas ortográficas pero con claros mensajes de "necesito una ayuda". Es fácil caer en la demagogia de la criminalización. Justificar estas medidas diciendo que esta gente se dedica a la mendicidad como forma para el robo (y no digo que no los haya pero creo que son una minoría) o se aduzca la intervención para ayudar a estas personas para que no sean explotadas por las mafias. En el caso de Benidorm les ponen hasta un servicio de traslado a otros lugares o lo que yo llamo "vete de mi ciudad y si quieres te instalas en otra" o el "vete dos manzanas más lejos que por allí no pasan turistas" con la excusa de que no hay un centro o albergue. Que igual entre tanto hotel, restaurante y apartamento de temporada a nadie se le ha ocurrido nunca instalar unos servicios sociales.
Y digo yo, si en vez de criminalizar y señalar revisan y nos revisamos. Que a lo mejor deberíamos perder (o invertir según quién lo lea) unas horas de nuestro tiempo para preguntarle a la gente por qué está en la calle, qué le ha llevado a la mendicidad, por qué espera en la puerta de un supermercado para ver si puede ayudar con la compra a cambio del euro del carrito. A lo mejor es que son necesarias más políticas sociales, más medios para ayudar que la simple recaudación de sanciones... que digo yo que si a lo mejor esta gente está pidiendo en la calle dicen que el día de suerte se sacan hasta 10€, lo de llegar a los 750€ de multa pues como que no.
Tanto el tema de Lampedusa como la mendicidad en las ciudades son temas que se deben abordar desde la clase política pero con una clara mirada social. Preguntarse quiénes son y por qué están ahí. Ya que en el naufragio hubo supervivientes dedicar un rato a sentarse con ellos y ver de dónde vienes, si tienen familias, por qué llegan a Europa, y un largo etcétera. Para sus compañeros y compañeras muertas ya sabemos los que hay: la nacionalización de más de 200 cadáveres.
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